lunes, 22 de febrero de 2010

ASI ERA SEGUÍN…

(Escribe: Francisco Vàsquez P.)

“Carlos Alberto Seguín, eminente pensador y psiquiatra peruano, ha sido, sin duda alguna, uno de aquellos elegidos para abrir surcos vitales y profundos de la psiquiatría universal. Muchos ya lo están llamando padre de la psiquiatría peruana. Francisco Vásquez, uno de sus más cercanos discípulos, se ha tomado su tiempo para retratar una parte íntima de la vida del maestro.”

Mucho se ha hablado, escrito y seguramente se hablará, sobre las dotes personales de Carlos Alberto Seguín. Se dice de él, que fue un insigne profesor, un magnifico maestro y un excelso humanista. Pero, entre las diversas facetas del maestro Seguín, debe destacarse que fue el introductor de la Medicina Psicosomática en el Perú y organizó el primer Servicio de Psiquiatría que funcionó en un Hospital General en América Latina.

Seguín fue además pionero de la Psiquiatría Dinámica, así como de la Psicoterapia de grupo también en América Latina e introdujo en el Perú el sistema de Hospitalización Parcial, bajo la modalidad de Clínica de Día Psiquiátrica. También inició un movimiento para revalorar lo que conocemos hoy en dìa, como Medicina Folklórica.

El maestro Seguín, durante su fructífera vida, ha escrito numerosos libros para estudio y consulta de quienes hurgan en el cerebro humano. Son en total treinta y dos valiosos libros y más de cuatrocientos artículos científicos. Sus obras han sido traducidas al inglés, alemán, francés e inclusive al griego.

Seguín también incursionó en terrenos de la narrativa, en el ensayo y en la poesía, destacando entre sus libros de enfoque humanista “Tu y la Medicina”, libro inspirado en su hijo Gonzalo Alberto, quien muriera temprana y trágicamente en los albores de ser graduado de Médico – Cirujano. Otro de sus escritos, “Amor y Psicoterapia”, mereció numerosos elogios de psicoterapeutas, médicos y sobre todo de Pedro Laín Entralgo, mèdico, historiador y filòsofo español. Sin embargo, pese al esfuerzo antropográfico de uno de sus discípulos más preciados, el doctor Max Silva Tuesta, en su libro “Conversación con Seguín”, no se logra ingresar al mundo íntimo del maestro y menos aún en su entorno familiar. Al respecto, en un intento por develar la intimidad de Seguín, el maestro le replica: “En general, he escondido mi intimidad más que Freud, quien era, por supuesto, más valiente que yo”.

Respetando sus meandros casi secretos, hemos querido presentar una figura diferente de Seguín, en familia y para ello dialogamos con su hija, María Cristina, la única sobreviviente del ámbito familiar, quien nos dice que su casa tenía un ambiente de aceptación y calor humano: “Mi padre era muy cariñoso con nosotros y siempre prestaba atención a nuestros requerimientos. A. Albertito, mi hermano, y a mí nos ayudaba en los estudios, controlando las notas. Recuerdo que los domingos papá nos llevaba al “Tip Top” a tomar helados y propiciaba la comunicación con sus hijos”. Sin embargo – continúa María Cristina – nos criaba bajo un riguroso control, casi diría que nos sobreprotegía. “Nos tenía como en una urna de cristal, sin permitir que nada malo nos tocara”. Como anécdota sobre su rigurosidad, le contaré que el año en que mi hermano Albertito se presentaba a la Universidad, papá era presidente del Jurado de Admisión, sin embargo, mi hermano no ingresó en esa oportunidad, a pesar de su buen rendimiento y, claro, todos pensaron que un pequeño “empujón” de papá habría bastado para que ingresara”. “Esta situación generó una terrible pelea con mamá y no se hablaron por varios meses. Pese a ello siguió apoyando a mi hermano y le buscó trabajo en algo a fin a la Medicina: “promotor médico” de un laboratorio nacional. Al segundo intento ingresó Albertito y, miré como son las cosas, cuando estaba por terminar el internado, tuvo una crisis cardiaca que finalmente truncó su joven vida. Fue un golpe muy fuerte para mi padre, creo que no terminó de superarlo nunca pero siguió adelante y podría decir que ante la falta de su hijo, volvió a sus discípulos un poco hijos suyos, tratando de darles lo que ya no podía hacer con mí hermano. Les enseñaba a crear, reír, amar…”

Seguín era metódico en su comportamiento, asì como de su vida de manera integral. Como era diabético se cuidaba mucho, no fumaba, no bebía licores, tenía reglamentadas sus horas para comer, dormir y diríamos que pecaba hasta de puntual. Sí, era excesivamente puntual y montaba en cólera cuando los demás no lo eran, lo tomaba como una falta de respeto, de consideración y hasta de responsabilidad.

Era, Seguín, uno de los primeros en llegar al hospital, su puntualidad era una suerte de parámetro para saber la hora, así como en algún momento fue para sus vecinos el filósofo Kant en su tiempo, tanto así que gente del personal decían, por ejemplo: “Ya son las siete y media, acaba de llegar el Doctor Seguín…”. El maestro gustaba, saboreaba casi la compañía de amigos y discípulos. Era un magnífico conversador y un extraordinario “contador de chistes picantes”, los mismos que rubricaba con estentóreas risotadas que contagiaban al resto.

La capacidad de análisis y síntesis de Seguín eran proverbiales, lo que volvía fácil de comprensión hasta la más compleja de sus exposiciones. Asiduo cinéfilo, era frecuente verlo sentado solo, en las bancas de los parques, frente a una sala de estreno, esperando ingresar al teatro.

Nos dice su hija que el maestro Seguín detestaba el engaño, la mentira, y para graficarlo nos relata una anécdota: “Papá vigilaba nuestro crecimiento y nuestras amistades… si tenía una fiesta me dejaba y me recogía y averiguaba en casa de quién era y quienes iban a asistir… En una oportunidad en el transcurso de una de esas fiestas, un grupo de chicas nos salimos para ir a otra reunión y regresamos un rato después. Cuando me fue a recoger, oculte lo de la salida pero solo por un momento. De pronto me preguntó si yo había salido de la casa… yo le dije que no y él me lo volvió a preguntar y volví a decir que no. Me dio una bofetada. Fue la primera y única vez que me castigó físicamente. Sin embargo, parece que sufrió mucho más que yo, pues durante cuatro días no fue a trabajar y se encerró en su escritorio”.

Carlos Alberto Seguín, el hombre más exacto, sentía verdadera debilidad por sus nietos y muchas veces pasaba horas jugando y conversando tanto con la pequeña María Cristina como con el travieso Guillermo. Disfrutaba de la intimidad de su casa, pero solo en raras ocasiones salía con su mujer a reuniones sociales o científicas. Casi nos atreveríamos a decir que estaba dividido en dos: El padre, esposo y abuelo engreidor pero riguroso y el otro Seguín, siempre haciendo su vida solo, viajando por el mundo y acordándose de los hijos, trayendo regalos de regreso de esos viajes.

La ilusión del maestro, conocida en secreto por varios de sus discípulos, era quedarse a vivir en Génova o Venecia y para su último cumpleaños, en el mes de agosto, unos quince días antes de su muerte, recibió una llamada de María Cristina. Le dice Seguín: “Hija, te tengo un regalo… un pasaje de ida y vuelta de Lima a Italia… pero tienes que venirte enseguida… si fuera posible hazlo mañana”. Quizás intuía que se acercaba el fin…

El día 25 de Agosto de 1995, la Asociación Psiquiátrica Peruana le organizó un homenaje por sus ochenta y ocho años de vida fructífera. Asistieron algo más de trescientos psiquiatras que vinieron de todo el país, sin embargo, dos días antes, tuvo que ser internado en la sección de cuidados intensivos de una clínica local. La ceremonia se llevó a cabo, pero sin su presencia.
Parecería que hasta el final, el maestro quería estar presente entre sus discípulos, departiendo y transmitiéndoles sus conocimientos cada jueves. Ellos llevan en silencio todavía la ausencia de un hombre que supo vivir, amar, crear y transmitir su sabiduría a las generaciones del futuro.

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